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  • Política
  • 24/06/2014

En defensa de la democracia y los intereses de Europa

Aunque la letra de un conocido tango afirme que “veinte años no es nada”, en el caso que nos ocupa en estos últimos veinte años se han producido cambios de gran calado

 

Hace veinte años, cuando el Consejo Europeo debía proceder a la sustitución de Jacques Delors al frente de la Comisión Europea, el candidato de casi todos los miembros del Consejo era Jean Luc Dehaene. Recalco lo de “casi” porque uno de los entonces doce Jefes de Gobierno de la Unión Europea rechazó al Primer Ministro de Bélgica. El Primer Ministro británico John  Major, pues de él se trataba, estaba en su derecho de vetar al candidato de la inmensa mayoría porque el Tratado exigía la unanimidad. En consecuencia, Jean Luc Dehaene no fue presidente de la Comisión Europea.

Aunque la letra de un conocido tango afirme que “veinte años no es nada”, en el caso que nos ocupa en estos últimos veinte años se han producido cambios de gran calado.

Ya en el año 2000 el Tratado de Niza suprimió la unanimidad en favor de la adopción de la propuesta del Consejo por mayoría cualificada. La razón era política: en el horizonte de una  Europa de veintiocho estados, la unanimidad hubiera sido un requisito paralizante cuando no un  instrumento de bloqueo.

Dicho avance nos parecía entonces a algunos insuficiente. En vísperas de la Convención que redactó el Tratado Constitucional, el Partido Popular Europeo se reunió en 2002 en la ciudad portuguesa de Estoril. Allí José María Gil Robles, que había sido presidente del Parlamento Europeo, el diputado alemán Elmar Brok que sería nuestro portavoz en la Convención y yo mismo, que presidí la delegación del Parlamento Europeo en la Convención,  presentamos una propuesta en la que propugnábamos que se tuviera en cuenta el resultado de las elecciones europeas cuando  el Consejo propusiera al Parlamento un candidato para su investidura como presidente de la Comisión. Y añadíamos en aquella enmienda que se convirtió  en el punto 47 de las conclusiones y cito textualmente “Esto permitirá  a los  partido políticos europeos la posibilidad de presentar a sus candidatos a presidir la Comisión durante la campaña de las elecciones europeas. Con ellos se logrará personalizar dicha elección, incrementar la legitimidad democrática y la responsabilidad de la Comisión Europea”. Nuestra propuesta fue aceptada por la Convención, el Tratado Constitucional incorporó la frase “tras las apropiadas consultas entre Consejo y Parlamento” y hoy se encuentra así recogida en el artículo 17.7 del Tratado de Lisboa.

Aquellas  aspiraciones esbozadas en 2002 han encontrado reflejo en las recientes elecciones al Parlamento Europeo cuando los cinco grandes partidos europeos (populares, socialistas, liberales, verdes y comunistas) presentaron sus candidatos para presidir la Comisión Europea. En el caso de los populares dicha proclamación vino precedida de unas reñidas primarias donde el Ex Primer Ministro luxemburgués Jean Claude Juncker se impuso  al otro reputado candidato,  el Comisario Michel Barnier,  Ex Ministro de Asuntos Exteriores de Francia.

Por ello, a nadie puede extrañarle que, tras las elecciones europeas  del 25 de mayo, los portavoces de los Grupos popular, socialista y liberal en el Parlamento Europeo que en  conjunto suman 479 votos (aproximadamente el 64% de sus  escaños) hayan declarado que el candidato del grupo mayoritario, es decir Jean Claude Juncker, deba  ser quien proponga  el Consejo Europeo para intentar obtener la investidura del Parlamento. Incluso aquellos que han anunciado su voto contrario proclaman  el derecho de Juncker a ser propuesto por el Consejo. Además de las razones jurídicas que acabo de expresar hay otra de puro sentido común: en estas elecciones hemos dicho a los electores que su voto sería decisivo a la hora de elegir al Presidente de la Comisión Europea. Desconocer el resultado de las elecciones o proponer  un candidato que no fuera uno de los designados por los partidos políticos europeos constituiría, lisa y llanamente, una estafa electoral. Resulta sorprendente que quienes descalifican a la Comisión tildándoles de “unelected burocrats” se quejen de la  elección popular de su Presidente!.

Dilucidada esta cuestión creo que lo importante es centrarnos en los objetivos de los próximos cinco años y pedirle al futuro Presidente de la Comisión Europea un compromiso firme y decidido con los mismos. Tras un lustro  de sacrificios, consecuencia de la crisis económico-financiera más profunda de su historia, la Unión Europea está en la senda de la recuperación  y debemos consagrar los próximos años  al crecimiento, al incremento de la competitividad y a la creación de empleo. El Consejo Europeo debe acordar en los próximos días sus prioridades de cara a la legislatura entrante y verificar si Juncker está de acuerdo o no con ellas. En caso afirmativo, Jean Claude Juncker deberá ser propuesto por el Consejo Europeo para su  investidura  parlamentaria. Me parece igualmente importante que en ese debate  de investidura se obtenga no sólo un acuerdo para la misma sino que se formalice  un pacto de legislatura entre las principales fuerzas del Parlamento Europeo; aquellas que sin perjuicio de legítimas discrepancias políticas comparten el necesario progreso de la construcción europea. Ello otorgaría a Europa  una garantía de estabilidad y de seguridad tan necesaria hoy para hacer frente  a los retos de mañana. 

Íñigo Méndez de Vigo

Secretario de Estado para la Unión Europea

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